El Extranjero
 
 
por
 
 

Francisco Navarro

 
 

 

Cuando Alella vio al extranjero, éste, estaba plantado delante de su jaima, tenia aspecto fatigado y su cara desencajada y su respiración jadeante denotaba que había hecho un gran esfuerzo. De repente se desplomo ante ella.

Cuando despertó bajo la sombra protectora de la jaima lo primero que vio fueron unos ojos negros en un fondo blanco, tan blanco como la dentadura que se esbozaba a través de una leve sonrisa.

Alella le dio agua.

Sobre su frente un paño mojado aliviaba su fiebre, de repente se dio cuenta que estaba desnudo, y de manera espontánea hizo ademán de taparse.

Alella cogió sus manos y puso en ellas una pequeña bolsa de cuero. El agotamiento cerró los ojos del extranjero que se quedó dormido.

Entre los paralelos 16 y 20 en la zona del Air ou Azbine solo existe un océano de arena, un inmenso territorio que los nómadas llaman “Jela” cuyo significado es desierto o vacío. Es la tierra de los tuareg una tierra tan bella como inhóspita y dura pero que guarda entre sus fronteras difusas las esencias de una espiritualidad humana bajo una tutela matriarcal.

Se pasó dos días durmiendo.

Al tercer día, a la caída de la tarde, cuando el sol se desploma en el horizonte y el frío se empieza a sentir, el extranjero se incorporo. Estaba solo. A través de una pequeña abertura de la jaima vio un cielo gris plomizo que velaba el espacio infinito.

Sintió frío y al no ver sus ropas se tapó con una manta de lana de camella y salió de la jaima, lo que vio le dejo atónito. Un inmenso mar de arena con olas de más de doscientos metros flanqueadas en su base por un cinturón de palmeras abarcaba todo lo que su vista podía alcanzar. Una fina arena de color anaranjado como si fuese la pulpa de una calabaza tiznaba una atmósfera cargada de silencio.

Miró a su alrededor. Formando un semicírculo, tres jaimas se alineaban mirando a septentrión.

De súbito recordó su odisea; Venia de Tamanrasset al sur de Argelia en las montañas del Hoggar y se dirigía al oasis de Agadez en Níger, para más tarde bajar a Niamey y luego subir por el curso del río Níger a través de Gao hasta Tombuctú. El viaje lo había programado concienzudamente y todo marcha bien hasta que un grupo de Tubus lo habían sorprendido y le habían dejado con lo puesto.

Los tubus estaban en guerra, originarios de las montañas del Tibesti estaban enzarzados en una lucha por su independencia, y a su vez luchaban junto al ejército del Chad contra Libia por una franja de terreno del Tibesti, en la cual se supone existen diferentes tipos de minerales para la alta tecnología; wolframio, germanio, silicio, sílice, etc.

Junto con su vehículo todo terreno se llevaron todas sus pertenencias y solo le dijeron que dirección debía tomar. Ahora abandonado el sentimiento de desgracia e impotencia se sentía afortunado, había salvado la vida.

La noche cayó redonda en su negrura, un tibio fuego se dejaba ver en una de las jaimas de donde una voz cálida le invito a acercarse.

Se acuclillo.

La lumbre irisaba los ojos de las tres mujeres que preparaban la cena. Alella vestía de un intenso azul índigo que resaltaba el brillo de su tez donde se apreciaban unos rasgos suaves, como si hubiesen sido cincelados por un escultor, su belleza resultaba inquietante.

Tomaron té.

No hablaron.

Nadie pregunto nada, solo miradas y sutiles sonrisas flotaban en la espesura de la noche.

Un cuenco de espesa sopa de sabor amargo hecha con sémola y grasa de mouton y unos dátiles prensados, fue todo lo que cenó. Cuando volvió a la jaima tenía preparada una estera con un mullido colchón hecho con hojas de sorgo y forrado de una suave tela tejida con fibras de la corteza de las acacias.

Las noches en el desierto son frías, la temperatura del suelo fluctúa de manera tan brutal que se sitúa por debajo de cero grados partiendo las piedras.

Estaba tiritando.

Se tumbó en el lecho y se abrigo con dos mantas.

Seguía tiritando.

Por un instante se sintió morir.

Al rato Alella entró con un odre de leche de camella y se lo ofreció, luego la mujer se desnudo y se acurruco junto a él abrazándole con piernas y brazos. Él, por un momento se quedó sorprendido, pero enseguida se dio cuenta que lo que intentaba era darle calor.

Durante el tiempo que duró su recuperación el extranjero convivió con las mujeres y sus hijos participando en las tareas propias del clan.

Los hombres hacia mes y medio que habían partido en una caravana de sal hacia el Sudan y se preveía que aún tardaría otro tanto en llegar.

En la mañana del día siguiente, recuperado el extranjero, llegó la hora de partida.

Alella le entrego un camello con un odre lleno de agua y un atado con dátiles y carne seca.

El extranjero sacó de su cinturón dos billetes de 200 euros, lo único que había salvado de su encuentro con los Tubus, y se los entrego a Alella y emocionado se abrazo a ella. Intentó escribir su dirección en Europa pero ella le dijo que no hacia falta que guardaría las señas en su mente y en su corazón.

Dos años más tarde el extranjero recibió una carta de Alella, escrita en un perfecto francés.

Decía:

País de los tuareg.

Primavera.

Los horizontes parecen infinitos pero no es así, allí, se puede llegar. Sólo hace falta desearlo.

Con tu dinero compré 3 camellas, luego cambie una camella por dos camellos, con lo que saqué de la lana y la leche compré más camellos, y las camellas tuvieron descendencia y hoy ya tienes 12 camellos.

Anoche la luna estaba llena de luz y las dunas tenían ese color siena que tanto te gustaba. En el profundo cielo las estrellas dibujaban geometrías imposibles.

Si el hato de camellos sigue creciendo no sé que haré con él. Tú tendrás que decidir.

Alella.

Conocí a Pablo Morales, el extranjero, hace unos años, coincidimos en una estación de esquís en el país de los Pirineos donde practicamos nuestro deporte favorito. Todos los años quedamos. Ayer le llame por teléfono para concretar la fecha, pero no estaba su madre me dijo:

-- Se ha ido a vivir al desierto.